martes 29 de septiembre de 2009

XXII Encuentro Nacional de Cofradías Penitenciales


El XXII Encuentro Nacional de Cofradías que se celebró entre los días 24 y 27 de este mes en Ciudad Real contó con casi un millar de personas procedentes de 27 provincias y 59 municipios de toda España.

En el acto de presentación del Encuentro en el que junto al coordinador de programación, Luis Cantero, acompañaba al obispo-prior de Ciudad Real, Antonio Algora. Los presidentes de las diferentes cofradías de la ciudad también estuvieron presentes.


Algora destacó que éste es un momento especial para las cofradías de toda España, tanto por la celebración de este encuentro como la reunión celebrada hace pocas fechas por los delegados de religiosidad popular de la Conferencia Episcopal, organismo que está prepara la puesta en marcha de un departamento específico para hermandades y cofradías dentro del a Comisión de Pastoral.


Para el titular de la Diócesis, el momento de las procesiones el encuentro es muy importante, y su lema Hacia el futuro de la Semana Santa, recoge la influencia mediterránea de las procesiones. «No nos contentamos con representar los sagrados misterios en las celebraciones litúrgicas en el interior del templo, sino los sacamos a continuación a la calle para dar público testimonio de lo que hemos celebrado, para nosotros lo importante real de Jesucristo».


En otro momento, el prelado invitó a los ciudadrealeños a acoger a los participantes, «son católicos a los que debemos acoger».


Por su parte, Martín Aguirre, señaló que el presupuesto del encuentro es de 160.000 euros, de los que 118.000 los han aportado los propios participantes y la asociación de Cofradías de Ciudad Real, y el resto se ha cubierto con subvenciones de las administraciones y entidades de ahorro, así como el apoyo logístico del Ayuntamiento.

Desde el pasado martes 22 de septiembre a las 20’30 horas, se inauguró en el salón de actos del Obispado, una exposición sobre la Imaginería de la Semana Santa de Ciudad Real con motivo del XXII Encuentro Nacional de Cofradías Penitenciales.


La exposición se podrá visitar hasta el próximo 2 de octubre de 10’30 a 13’30 horas y de 18’00 a 21’00 horas y en ella se podrán contemplar las imágenes titulares de diferentes cofradías de nuestra Semana Santa que no están al culto o que no estén en los templos que visiten los participantes en el Encuentro.

martes 18 de agosto de 2009

Una vez más





Si Señoras y Señores, ya estamos otra vez en Feria


Es decir ya estamos de nuevo celebrando a Nuestra Excelsa Patrona La Virgen del Prado, aquella que apareció allá por el año 1013, Mosen Ramón Floraz, caballero ara
gonés, gran servidor y
privado del rey don Sancho el Mayor, de Navarra, al llegar a las cercanías de Velilla de Jiloca, lugar de Aragón, el caballo en donde venía, se le hundió una pata junto a una fuente en donde
había llegado a beber. Queriendo Mosen Ramón ayudar a su brioso corcel, vio cómo el caballo con sus patas había dejado a descubierto un gran hueco. Extrañado el caballero, quitando con su daga las piedras de alrededor descubrió una gran cueva como edificio antiguo. Atraído por la
curiosidad penetró en el subterráneo encontrándose, en un nicho en la pared, una preciosa
imagen de la Virgen María, sentada a forma de matrona romana, con un Niño sobra las rodillas y con un pergamino escrito en latín antiquísimo en donde se decía qué imagen era aquella y en qué tiempo se había puesto en aquel lugar. Se trataba de la imagen de la Virgen de los Torneos que
había sido soterrada, tres siglos antes, por devotos cristianos, para librarla de la invasión agarena.
Los reyes cristianos, al heredar la corona real y demás atributos reales de sus mayores, recibían, al mismo tiempo, la imagen santísima de la Virgen llamada entonces Nuestra Señora de los Reyes, que era venerada en los oratorios reales.

A la muerte de don Sancho hereda la santa imagen, su hilo don Fernando, primer rey castellano, quien la lleva a su corte de Burgos. Mucho debe este Monarca a la protección de la Virgen del Prado.

Cuando Alfonso VI ocupa el trono de Castilla, después

de la Jura de Santa Gadea, realiza, de triunfo en triunfo, varias empresas guerreras contra los infieles, llevando consigo la venerada imagen, llamada entonces la Virgen de las Batallas. El rey castellano, como dice Fr. Diego de

Jesús, "intentó más conquistas de ciudades y reinos, no con la ambició

n o avaricia de añadirlos a su corona, sino con piadoso celo de volverlos a introducir a la religión cristiana, sacándolos de la tiranía de los moros". Así sucedió con la nobilísima ciudad de Toledo, empresa de las más gloriosas y célebres de aquella época.

El rey don Alfonso VI, para vengar un ultraje de su suegro, rey de Sevilla, organiza una expedición guerrera contra la morisma y marcha con su ejército hacia Andalucía. Al llegar a Zalanca, provincia de Badajoz, el ejército cristiano es sorprendido por los almohades, sufriendo espantosa derrota las huestes de don Alfonso. Tan grande fue el desastre para los cristianos en esta batalla, que, incluso, la vida del rey estuvo en grave peligro.

Los caballeros que peleaban al lado del rey -relata Mendoza- sacaron a don Alfonso de la refriega de Badajoz muy mal herido de un lanzazo. Debilitado el Monarca por la fatiga con que saliera de los duros trances que había corrido, .v casi muerto o aletargado por el efecto de la pérdida de sangre, fue conducido a Coria, ciudad recientemente conquistada. Repuesto don Alfonso de sus heridas se propone seguir adelante, hacia la frontera de Córdoba, y entendiendo que la causa de

la derrota de Zalanca fue, sin duda, el olvido que tuvo de la imagen de la Virgen Protectora, ya que en esta ocasión la había dejado en su oratorio Real en Toledo; inmediatamente ordena a su capellán Marcelo Colino vaya a la ciudad imperial, recoja la venerada imagen y la traslade al campamento cristiano.

Es de suponer que haría el capellán la jornada con la diligen

cia exigida por el rey. Al llegar a Toledo, acomoda en una caja la santa imagen y con el acompañamiento de criados y caballeros vuelve hacia Córdoba en donde, deseoso e impaciente espera el Monarca.

A mediodía del día 25 de mayo, año 1088, festividad de San Urbano, llega la comitiva real a un pequeño caserío, llamado Pozuelo Seco, término de Alarcos, situado en el camino que une la ciudad del Tajo con Andalucía. El calor sofocante, la sombra 3e las encinas de un prado próximo y el cansancio de los viajeros, obliga a Marcelo Colino y compañía a tomarse un pequeño descanso y pasar allí las horas calurosas del día.

¡Qué suavemente dispone Dios las cosas rara que se ejerciten los decretos de su Divina Providencia! Quería, Dios Nuestro Señor, que la viajera imagen de su Augusta Madre, a su paso por este humilde caserío, se quedara allí, erigiendo, bajo su protección y amparo, los cimientos de una insigne ciudad.

Viendo la gente del cortijo la calidad de los viajeros, el cuidado que todos ponían en la caja que conducían, la cual por su riqueza exterior publicaba el tesoro que guardaba, preguntaron los labriegos y el capellán mostró la imagen que transportaba.

Abierta la caja, retiradas las ricas telas en las que venía envuelta la imagen, emocionados los pozueleños por el resplandor de tanta belleza y movidos de un gran amor hacia la Virgen María, suplican a Marcelo la deje en el lugar en donde ellos prometen levantar un templo digno a tan Excelsa Señora. El fervor de estos humildes labriegos, primeros pobladores de Ciudad Real. conmueve a los de la comitiva real. En gran aprieto se ve el capellán ante la imposibilidad de no poder ceder a los fervientes deseos de los moradores de Pozuelo Seco. Entre alabanzas y súplicas de los lugareños y las razonables negativas de Colino llegó la hora de partir. Los viajeros se llevan con la imagen la ilusión de los del lugar que quedan apenados por la pérdida del tesoro que no han podido lograr.

Es cierto que estos rústicos y humildes labriegos humanamente no tienen derecho a solicitar la posesión de la imagen del rey, pero no es menos cierto que, aquello que es imposible para los hombres es posible para Dios, y como a continuación veremos, los designios de Dios eran muy diferentes a los deseos del rey.

Muy afligidos quedaron los pozueleños con la marcha de los caballeros que habían sesteado en el prado de la aldea, portadores de la bellísima imagen de la Virgen María. Hasta que los perdieron de vista no dejaron de mirar a la caravana real, unos con lágrimas en sus ojos y los más en oración de súplica a la Madre Celestial.

Llegada la noche cada cual se retira a su choza a descansar. Un anciano, llamado Blas el trovador, por su facilidad de hacer versos, compuso algunas coplas,-primeras -manchegas"-, que su hijo Antón cantó a la Virgen.

Sabemos, por tradición, que este garrido mozo no se movió del prado donde siguió cantando y rezando a la Virgen y cuando más entusiasmado se hallaba en su oración vio que una blanca paloma se posaba en la encina en donde unas horas antes había estado la imagen de la Virgen

. Deseoso de cazar la bella paloma le tiró una piedra y, al instante quedó convertida en la imagen de la Stma. Virgen, rodeada de brillantes ráfagas de resplandores. Atónito queda nuestro afortunado mozo ante visión tan maravillosa, y una vez repuesto del natural sobresalto, corre loco de alegría a dar la nueva a sus convecinos, gritando: ¡Milagro! ¡Milagro! La Virgen ha vuelto.

Es de suponer que el alborozo y alegría de aquellos afortunados labriegos de Pozuelo Seco sería indescriptible al verso favorecidos por tan singular don del cielo. Locos de alegría corren «a postrarse a los pies de la Soberana Señora que llamaron desde aquel feliz momento, Santa María del Prado.

Alrededor de la milagrosa imagen, lloran de emoción y rezan con fervor los aldeanos, agradeciendo y celebrando a lo rústico tan prodigioso acontecimiento.

Así pudo ocurrir o pudo ocurrir de forma diferente. Nada hay imposible para el creyente. Lo realmente cierto, lo que no podemos negar ni poner en duda es la maravillosa realidad de la protección amorosa de cerca de nueve siglos de Nuestra Excelsa Patrona, Santa María del Prado. De forma sobrenatural o por medios naturales, la venerada imagen de la Virgen quedó en este lugar, donde alrededor suyo, bajo su protección y amparo, el caserío se fue convirtiendo en puebla, la puebla en villa y la villa en ciudad; con el nombre de Real, nombre, que si es cierto fue dado por privilegios y favores de reyes, éstos fueron instrumentos de los que Ella se valió, ya que lo real nos viene de la Reina Celestial, Fundadora y Patrona de la ciudad de Ciudad Real.